Buscadores de la verdad

 

“La falsedad está tan cercana a la verdad, que el hombre prudente no debe situarse en un terreno resbaladizo” Cicerón (106 AC-43 AC) Escritor, orador y político romano

Una vez, en mi primer trabajo como abogada, teníamos que hacer un escrito crítico para la defensa de un cliente. Por aquel entonces trabajaba con mi mejor amiga en un despacho de su familia. Nos reunimos con la directora del despacho para comentar la elaboración del escrito. La estrategia tenía que ser clara. Ganar el caso dependía de cómo redactáramos ese escrito. Así que la directora nos dio instrucciones de cambiar un párrafo y reescribirlo de manera que se interpretara que había sucedido algo que en realidad no había sucedido. Mi amiga con los ojos como platos miró a la directora y le dijo:

-¡Pero eso es mentir!- Esto desató la ira de la letrada.

-Pues si no quieres mentir, cámbiate de profesión. ¡Hazte Fiscal o Juez!- Seguidamente dijo unas palabras que me perseguirían toda mi vida profesional- A ti no te tiene que importar la verdad. La única verdad que te tiene que importar es la de tu cliente.  Si tu cliente dice que tuvo miedo insuperable, tuvo miedo insuperable. Si te obsesionas con perseguir la verdad, nunca defenderás bien a tu cliente.

En ese momento aquellas palabras me parecieron una absoluta atrocidad. Respetaba muchísimo a la directora del despacho, y sabía que si decía aquello tenía que tener algún sentido, pero tenía fuertes convicciones sobre la moral y la ética, estaba llena de ideales y aquello simplemente era absurdo.

“La verdad es una, no es mutable, es la que es y si no soy fiel a ella estoy lejos de ella y por tanto me acerco a la mentira. Si este cliente hubiese actuado con miedo insuperable la reacción hubiese sido otra. No puede ser” solía pensar.

No, no es que me haya vuelto una abogada sin principios (si es que eso existe. Se es una persona sin principios independientemente de tu profesión), sigo pensando lo mismo, pero creo que esas palabras tienen un sentido muy profundo, muy humano y muy ético. Me explico.

Pongamos un ejemplo: imaginemos que tu hermano pequeño se ha metido en un lío. Al parecer ha pegado a un niño en el parque y ha venido la madre del otro niño y quiere pegar a tu hermano. Tú te interpones dispuesta a defenderle y no vas a permitir que esa madre pegue a tu hermano. Te da igual que tu hermano haya pegado al niño o no. Exista una razón o no para que la madre interceda, no vas a permitir que a tu hermano se le ponga una mano encima. La madre dice que eso no va a quedar así, que vendrá mañana al mismo parque con un permiso para llevarse a tu hermano ante la directora del parque y que ésta decida si se le prohíbe la entrada al parque, porque un comportamiento como este no puede tolerarse en el parque.

Seguidamente coges a tu hermano de las solapas y le ordenas que te cuente todo lo que ha pasado. Él te dice que ese niño le robó un juguete, que él se lo pidió y ante la negativa del otro niño, procedió a arrearle una castaña. Mal, hermanito, eso no se hace. LA VERDAD es que le has dado esa castaña, así que quizá te merezcas no volver a entrar en el parque, quizá sea la única manera de que aprendas la lección, pero yo te voy a defender delante de la directora del parque mañana.

Al día siguiente vas al parque. La madre del niño con el ojo morado sigue muy enfadada. Tú explicas que no es que tu hermano sea un loco, si no que el niño del ojo morado le quitó el juguete y tuvo una reacción desorbitada. Si ese niño no le hubiese cogido el juguete, nada de esto habría pasado. La directora del parque asiste atenta a la disputa. La madre del niño argumenta que eso no es verdad, el juguete tiene las iniciales de su hijo. Tú miras a tu hermano con decepción. Te ha mentido. Te diriges a él y le preguntas que porqué lo ha hecho. Resulta que ese niño tiene muchos juguetes y nosotros en casa no podemos permitirnos tener juguetes. Solo quería jugar un poco con su juguete, pero este niño no se lo dejó y tu hermanito quiso castigar su egoísmo.

Así que obligas a tu hermano a disculparse al niño de ojo morado, a prometerle a la madre que no va a volver a pasar y a comprarle al niño otro juguete. Intentas que la directora del parque entienda que tu hermano no es un mal niño y que no se merece estar fuera del parque.

Lo que quiero decir con este ejemplo es que no te importa cuál es la verdad. Si tu hermano pegó al niño o no, es irrelevante para ti. La cuestión es que vas a defenderle sea cual sea la verdad, porque crees que es tu deber como hermana mayor, porque tu hermano es pequeño y no sabía bien las normas del parque. Y me diréis: ya bueno, pero es que no es lo mismo defender a tu hermano que a un asesino. Bueno, tenéis razón. No lo es. Pero eso es lo que hace esta profesión vocacional. Eso es por lo que no puede hacerlo cualquiera.

Todo el mundo se merece una defensa justa y que garantice sus derechos fundamentales. Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario y todos somos víctimas de nuestras circunstancias (aunque también responsables, por eso hay un Fiscal y un Juez). Estos son los tres pilares de cualquier abogado defensor.

Asique sí querida letrada directora de aquel despacho, estoy de acuerdo contigo: yo defiendo a mi cliente sin importarme la verdad de los hechos, si no sería Fiscal. A mí me importa que mi cliente tenga una defensa justa, es decir, que se ajuste a sus circunstancias. Y no pienso todo el rato: ¡huy que malo es mi cliente! ¡Yo soy muy buena persona para defender a una persona mala! No, amigos. Yo no soy mejor que nadie. Yo presto un servicio a quien me lo solicita y puede estar seguro que a quien lo haga, le voy a tratar como trataría a mi hermano.

Sin más dilación me despido, no sin antes saludaros cordialmente

 

Una abogada en Alemania

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